Markus Kayser - Solar Sinter Project from Markus Kayser on Vimeo.
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jueves, 30 de junio de 2011
jueves, 28 de abril de 2011


...viendo las fotografias de Marc Da Cunha Lopes, me preguntaba la piel que vestiria estos vertebrados... o mas bien me imaginaba que la camara era una maquina de rayos x adivinando la extrañeza de personas corrientes como tu y como yo...
jueves, 7 de abril de 2011
viernes, 25 de marzo de 2011
La gran ola de Kanagawa, por Sagaki Keita


...un bonito y curioso homenaje al clasico de Hokusai... desgraciadamente, de rabiosa actualidad en estos días... todo mi amor y apoyo al pueblo japones desde aqui!Autor: Sagaki Keita
Relacionado con: "36 vistas del Monte Fuji", por Hokusai
miércoles, 23 de marzo de 2011
jueves, 17 de marzo de 2011
One Hundred and Eight – Interactive Installation from Nils Völker on Vimeo.
Autor: Nils Völker
2.40 x 1.80 m
fans, plastic bags, MDF, relays,
a camera, a computer, a microcontroller
and countless screws
summer/autumn 2010
jueves, 11 de noviembre de 2010
martes, 14 de septiembre de 2010
"Totems", de Alain Delorme


...en estos días tengo que mudarme......no ya de blog...ahora de casa!?!?!...
...mis muebles no tienen tanto color, pero me gustaria poder imaginarmelos como los "Totems" de Alain Delorme así...
...como pequeñas torres de babel coloridas y moviles...
...y no como algo pesado y lastrado...
sábado, 28 de agosto de 2010
La camara de Marco Polo
...enviados a inspeccionar las remotas provincias, los mensajeros y los recaudadores de
impuestos del Gran Kan regresaban puntualmente al palacio real de Kemenfú y a los jardines
de magnolias a cuya sombra Kublai paseaba escuchando sus largas relaciones. Los
embajadores eran persas sirios coptos turcomanos; es el emperador el extranjero para cada uno
de sus súbditos y sólo a través de ojos y oídos extranjeros el imperio podía manifestar su
existencia a Kublai. En lenguas incomprensibles para el Kan los mensajeros referían noticias
escuchadas en lenguas que les eran incomprensibles: de ese opaco espesor sonoro emergían las
cifras percibidas por el fisco imperial, los nombres y los patronímicos de los funcionarios
depuestos y decapitados, las dimensiones de los canales de riego que los magros ríos
alimentaban en tiempos de sequía. Pero cuando el que hacia el relato era el joven veneciano,
una comunicación diferente se establecía entre él y el emperador. Recién llegado y
absolutamente ignaro de las lenguas del Levante, Marco Polo no podía expresarse sino con
gestos: saltos, gritos de maravilla y de horror, ladridos o cantos de animales, o con objetos que
iba extrayendo de su alforja: plumas de avestruz, cerbatanas, cuarzos, y disponiendo delante
de sí como piezas de ajedrez. De vuelta de las misiones a que Kublai lo destinaba, el ingenioso
extranjero improvisaba pantomimas que el soberano debía interpretar: una ciudad era
designada por el salto de un pez que huía del pico del cormorán para caer en una red, otra
ciudad por un hombre desnudo que atravesaba el fuego sin quemarse, una tercera por una
calavera que apretaba entre los dientes verdes de moho una perla cándida y redonda. El Gran
Kan descifraba los signos, pero el nexo entre éstos y los lugares visitados seguía siendo
incierto: no sabía nunca si Marco quería representar una aventura que le había sucedido en el
viaje, una hazaña del fundador de la ciudad, la profecía de un astrólogo, un acertijo o una
charada para indicar un nombre. Pero por manifiesto u oscuro que fuese, todo lo que Marco
mostraba tenía el poder de los emblemas, que una vez vistos no se pueden olvidar ni
confundir. En la mente del Kan el imperio se reflejaba en un desierto de datos frágiles e
intercambiables como granos de arena de los cuales emergían para cada ciudad y provincia las
figuras evocadas por los logogrifos del veneciano.
Con el sucederse de las estaciones y de las embajadas, Marco se familiarizó con la
lengua tártara y con muchos idiomas de naciones y dialectos de tribus. Sus relatos eran ahora
los más precisos y minuciosos que el Gran Kan pudiera desear y no había cuestión o
curiosidad a la que no respondiesen, y sin embargo, toda noticia sobre un lugar remitía la
mente del emperador a aquel primer gesto u objeto con el que Marco lo había designado. El
nuevo dato recibía un sentido de aquel emblema y al mismo tiempo añadía al emblema un
sentido nuevo. Quizá el imperio, pensó Kublai, no es sino un zodiaco de fantasmas de la
mente.
—El día que conozca todos los emblemas— preguntó a Marco— ¿conseguiré al fin
poseer mi imperio?
Y el veneciano:
lunes, 9 de agosto de 2010
viernes, 16 de julio de 2010
jueves, 8 de julio de 2010
SHADOWS from I C Blue Production on Vimeo.
viernes, 25 de junio de 2010



... me han sorprendido estas acuarelas de Charles Burchfield y llevado por una deriva interior hacia algunos de mis favoritos...
viernes, 18 de junio de 2010
Mudanza!
[02:23] ReyMono: hemos dejado nuestras cosas sobre diseño y arquitectura en KAmeetsRM!!
[02:25] KidAngel: ...y en KAmeetsRM...meetsMe! vamos a guardar el resto...
[02:25] ReyMono: ... ummmm... algunas cosas que no son sobre diseño o arquitectura y que dejamos en el otro blog...
Cine/Video
Escritos/Citas/Fruslerías
Música
Teatro/Danza
Fotografía
Sociedad
lunes, 18 de febrero de 2008
Cuento del Viento y las Esfinges
En mitad del desierto, donde un día estuvo la gran ciudad de Persépolis, hoy sólo permanecen en pie dos grandes esfinges. Cuenta la leyenda, que estas esfinges eran la puerta de un gran salón que
conducía a los embajadores extranjeros hasta los pies del Gran Emperador de los Persas.
El Gran Emperador de los Persas era el hombre más rico y poderoso sobre
Entre los hombres sabios que le rodeaban, había arquitectos y magos, que miraban las estrellas y leían en ellas el destino del Gran Emperador. Así fue que uno de ellos vio en las estrellas un mal augurio para su señor. Sin tardar, le contó al Gran Emperador que había visto como un hombre que venía de lejos traería la destrucción a su corte. El Emperador encargó entonces a sus arquitectos y magos que construyeran una trampa para capturar a aquel hombre. Después de muchos días consultando las estrellas y debatiendo cual sería la mejor trampa para retenerlo para siempre, pensaron que deberían construirla en el camino que llevaba a los pies del Gran Emperador en el Salón de las Audiencias Públicas. De forma que aquel hombre no llegara a pisar el salon del trono del emperador. Así, construyeron dos esfinges gigantescas. Una a cada lado del camino. No eran unas esfinges ordinarias. Eran dos esfinges mágicas. Estaban diseñadas para ver los destinos de la deriva de los viajeros que cruzaran a sus pies.
Un día, un emisario llegó de tierras lejanas. Era un hombre sabio, pero joven; ni muy rico, ni muy pobre. Se alojó con los otros emisarios que iban a ver al Gran Emperador en unas dependencias acomodadas para los consules y emisarios. Por la noche, como se hacía siempre, la corte del Gran Emperador, al completo, organizó una gran fiesta para agasajar a todos ellos, llegados de los cuatro rincones del mundo. En ella, las bailarinas del Gran Emperador bailaron para ellos. De entre todas ellas, el emisario, ni rico ni pobre, se fijó en una. Ella era bella como las otras. Ni alta, ni baja, pero en sus ojos brillaba una llama que encendió el alma del emisario. Ella bailó para él. Ambos se amaron en ese instante, sin saber más el uno del otro. El emisario tomó una determinación. Pedir al Gran Emperador la mano de aquella bailarina en la audiencia ante el Gran Emperador.
Cuando le llegó su turno fue llamado para
Y así se cumplió la profecía que las estrellas predijeron. Aquellas esfinges habían atrapado al hombre que había traido la destrucción a la corte del Gran Emperador. A veces las estrellas son caprichosas y juegan con el hombre. Y los magos que leyeron sus augurios en ellas, desconocían que aquellas esfinges destinadas a proteger la corte del Gran Emperador, eran también el arma que propiciaría su destrucción. Precisamente ellas, las dos grandes esfinges, que aun hoy nos miran en medio del desierto se mantuvieron en pie. Seguramente por la magia que las unía. O, quizas, por el alma que encerraban, de aquel hombre, ni rico, ni pobre.
La bailarina permaneció días a sus pies. Maldiciendo a las estrellas que habían urdido aquella trampa. Y poco a poco fue consumiéndose a los pies de las esfinges. La magia que rodeaba aquel lugar, la maldición de las estrellas, fueron calando en sus huesos, mientras el viento del desierto la azotaba, abrazada a las esfinges. Así, la bailarina al calor de los rescoldos del viejo palacio fue convirtiéndose en ceniza. Una ceniza blanquecina y fina. Que sin dejar de ser ella, tomó la forma de una ceniza ligera que se alió con el viento para viajar con él.
Y es así que desde entonces hace el amor con su amante. Por las noches. Cuando el desierto está oscuro y frio. El viento la arrastra en sus brazos. Ella se cuela en los resquicios de
El ReyMono
"Los cuentos de El ReyMono"
16 de febrero de 2006



















